A raíz del texto publicado por Granados Mateo en National Geographic, ha vuelto a primera línea de debate el término Antropoceno. En este artículo se expone que la Subcomisión de Estratigrafía del Cuaternario (SEC), por 14 votos en contra y 4 a favor, ha considerado rechazar la propuesta del Grupo de Trabajo del Antropoceno (GTA), el cual proponía fijar su comienzo como época en 1952 (momento en el que es posible identificar el impacto de las bombas de hidrógeno detonadas poco tiempo antes).
Esta propuesta del GTA ha sido declinada, sin embargo, ¿significa eso que no debemos considerar el Antropoceno como tal?
Como podemos ver en uno de los gráficos que Granados Mateo utiliza para acompañar su reflexión, existe una muy pronunciada aceleración de los factores en los que incide la actividad humana desde mediados del siglo XX, aunque también es visible que la fractura con respecto a la estabilidad anterior comienza mucho antes.
Si no tiene la categoría de “era geológica”, ¿qué es entonces, este concepto sobre el que no dejamos de orbitar desde hace más de 25 años? Esta es la pregunta que Granados Mateo trata de abordar en National Geographic y, también, Gutierrez Marco y Stanley en la revista científica Asclepio. Estos autores coinciden en varias ideas, entre las que destaca el no confundir la decisión de la SEC con un punto final para este concepto. Bien al contrario, el Antropoceno se sigue desplegando con enorme profundidad en distintas áreas de producción de conocimiento, y continúa siendo el punto de encuentro fértil de innumerables reflexiones acerca del impacto de la actividad humana en la Tierra. Por esta razón es pertinente retomar el tema aquí, en Amig@s de la Historia y del Medio Ambiente, porque siempre conviene aclarar y volver a debatir conceptos que nos pueden ayudar a comprender nuestro presente.
¿Qué es el Antropoceno, de dónde viene y, sobre todo, hacia dónde nos dirige?
Paul Crutzen introdujo el término en la reunión del Programa Internacional Geósfera- Biosfera en Cuernavaca, México, en el año 2000, pero fue algo después cuando expuso que durante los últimos tres siglos las emisiones antropogénicas (es decir, aquellas derivadas de la actividad humana) de dióxido de carbono se habían intensificado hasta el punto de desviar el comportamiento natural del clima global. Señaló en la revista Nature que sería apropiado bautizar como “Antropoceno” a la época geológica actual, ya que este periodo dominado por los seres humanos complementa al Holoceno (el periodo cálido de los últimos 10-12 milenios) de manera singularmente excepcional (2002). Crutzen proponía clavar la bandera de inicio de esta era en un momento de finales del siglo XVIII, concretamente en 1784, cuando James Watt diseña la máquina de vapor, pieza clave en el avance tecnológico que caracterizó la Revolución Industrial.
Sin embargo no basta con reconocer el impacto de la actividad humana para definir una nueva época geológica ya que, como anticiparon Lewis y Maslin, la geología es una ciencia que exige criterios muy específicos para fijar una nueva unidad temporal (2015). Entre estos criterios, explican los autores, se precisa de la identificación de marcadores globales claros en los estratos, es decir, que los impactos se den en un mismo marco temporal y a escala mundial. Ese tipo de marcador es lo que en geología se denomina “clavo dorado”, o “clavo de oro”, y los efectos a los que alude Crutzen, “como otros ejemplos anteriores a la Revolución Industrial, son demasiado locales y diacrónicos para proporcionar un golden spike” (Lewis y Maslin 2015, 173).
Lo que queda claro tras leer a Crutzen y a Lewis y Maslin, es que la definición del Antropoceno tiene implicaciones que trascienden la geología, y eso es lo que nos interesa aquí. ¿Cuál sería, entonces una definición operativa del término?
Cuando decimos Antropoceno nos referimos, efectivamente, al impacto de la actividad humana, y como ésta condiciona la vida en el planeta y al planeta en sí mismo, algo que no puede negarse en ningún sentido. Esta actividad ha interferido en los devenires de la propia naturaleza, desde la intervención en las tierras para el cultivo hasta, claro está, la aceleración propia que ha causado la implementación tecnológica de la Revolución Industrial hasta la bomba atómica, y el mundo y su producción desorbitada desde de 1945 hasta la actualidad.
Es cierto que la tecnología ha permitido grandes avances y grandes aceleraciones, muchas de ellas en paralelo a una degradación del medio ambiente. No obstante, es importante destacar que cuando Crutzen habla de los avances tecnológicos no lo hace desde una oposición ingenua o irreflexiva, y es algo a lo que también debemos prestar atención. El autor más bien invita a pensar críticamente sobre el término Antropoceno como un espacio de responsabilidad colectiva, y añade que si bien la Humanidad ha tenido y tiene la capacidad de degradar el medio ambiente, posee igualmente el potencial para gestionar el impacto de actividad de otra manera (2006). Desde luego las palabras que Crutzen utiliza en el mencionado texto son las que han poblado las páginas de cientos de proyectos de investigación y desarrollo europeos, orientados hacia la voluntad de intervenir de manera responsable sobre la crisis climática (siempre y cuando, esos sí, no se intervenga en la producción y las demandas del consumo).
En este sentido, es interesante prestar atención al recorrido que Bonneuil y Fressoz expusieron en 2020 en su texto El acontecimiento Antropoceno, un texto que trata de explicar el término a través de los múltiples anexos que ha sugerido su implementación en áreas distintas a la geología. Con independencia de encajar en las demandas de la estratigrafía, y de ser catalogada como una era o como un evento o acontecimiento, los autores señalan con acierto que sobre el “Antropoceno existe ya un relato oficial: “nosotros”, la especie humana, habríamos inconscientemente destruido en el pasado la naturaleza hasta el punto de alterar el sistema Tierra” (Bonneuil y Fressoz 2020, 253). Desde una postura definitivamente pesimista, describen este evento como un punto de no retorno, tanto en el plano que recoge la evidencia científica como en el plano simbólico de la representación humana, es decir, del conocimiento que producimos en función de la idea que tenemos sobre nosotros mismos como especie. y, una vez más, de nuestra responsabilidad común. En este sentido, indican, el Antropoceno es político, “en tanto implica arbitrar entre diversas fuerzas humanas antagonistas del planeta, entre las improntas causadas por diferentes grupos humanos (clases, naciones), por diferentes escogencias técnicas e industriales o entre diferentes modos de vida y de consumo” (Bonneuil y Fressoz 2020, 268). Y por tanto, para pensar políticamente el Antropoceno, conviene dialogar con las muy fértiles reflexiones que este concepto ha generado en las ciencias sociales y humanidades.
Es igualmente relevante prestar atención a los conceptos análogos al término Antropoceno (o “competidores”, como Gutiérrez-Marco y Finney los llaman), que surgen con el interés de complementarlo y aportar visiones críticas para su conocimiento. El más conocido, quizá, es el de “Capitaloceno”, que introdujo Andreas Malm en 2009, y que más tarde trabajaría Dona Haraway para profundizar en los efectos del capitalismo y las prácticas liberales como sistema de producción y explotación del medio ambiente. Haraway propondría más tarde también el “Chthuluceno”, término más polémico inspirado en los relatos de terror cósmico creados por el novelista estadounidense H.P. Lovecraft, que vendría a simbolizar la dependencia de la vida humana de un planeta que, en sí mismo, no nos necesita (Gutiérrez-Marco y Finney 2020, 6). Finalmente el “Tecnoceno”, quizá, el más interesante, utilizado a menudo por la filósofa argentina Flavia Costa, integra la aceleración del desarrollo tecnológico con los modos del “Capitaloceno” y la ubicuidad de la tecnología en el ecosistema humano.
En resumen, el Antropoceno es un evento ligado a la historia de la humanidad, a una “era humana”, si quisiéramos llamarlo así. Este concepto describe un recorrido histórico a la vez que dibuja el paisaje de la conducta social presente, sus sistemas de producción y explotación. Si tenemos esto en cuenta lo que debemos preguntarnos en este proyecto de Amig@s de la Historia y del Medio Ambiente, es si el conocimiento y la tecnología que nos han conducido hasta este momento pueden permitirnos también pensarnos de otra manera. En lugar de dirigir nuestros esfuerzos hacia un desarrollo sostenible que, en palabras de Bonneuil y Fressoz mantienen el crecimiento como horizonte no discutible (2020, 266), sino hacia la posibilidad de otros futuros. Futuros que contemplen, quizá, la reversión, la desescalada, o que piensen la tecnología en sentido proactivo con respecto al ecosistema, si es que tal cosa es posible, y abordar la reflexión de manera transdisciplinar, con la atención puesta en todas las reflexiones que este concepto ha suscitado en las distintas áreas de conocimiento.
Bibliografía:
Bonneuil, Christophe, y Fressoz, Jean Baptiste. 2020. “El acontecimiento antropoceno.” Ciencias Sociales y Educación 9 (17): 251–280. https://doi.org/10.22395/csye.v9n17a12
Crutzen, Paul J. 2002. “Geology of Mankind.” Nature 415.
Crutzen, Paul J. 2006. “The ‘Anthropocene’.” En Earth System Science in the Anthropocene, 13–18. Berlin y Heidelberg: Springer.
Gutiérrez-Marco, Juan Carlos, y Stanley C. Finney. 2025. “Antropoceno: Un metaconcepto ajeno a la geología.” Asclepio 77 (2): 1419. https://doi.org/10.3989/asclepio.2025.1419.
Lewis, Simon L., y Maslin, Mark A. 2015. “Defining the Anthropocene.” Nature 519 (7542): 171–180.
Granados Mateo, José Luis. 2024. “La ciencia no reconoce el Antropoceno como una nueva era geológica.” National Geographic España, 14 de marzo de 2024. https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/ciencia-no-reconoce-antropoceno-como-nueva-era-geologica_21813.
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